miércoles, 24 de septiembre de 2008

La privatización de la cultura



“Cuando en el arte interviene la ideología se pierde la estética”, es una frase frecuentemente utilizada por la cultura burguesa.
Jacques Emile Lacan, Psicoanalista francés sostenía: El Sujeto está atravesado por la palabra. En mi apreciación ningún ser humano puede escapar a una ideología, aun en la pretensión de declararse apolítico o ateo, o si cayese víctima de la estulticia.
¿Alguien se atrevería a negar por ejemplo, que el arte religioso de la escuela quiteña tiene un alto contenido ideológico y neocolonial?
Empresa difícil cuando no imposible es definir la belleza pues: ¿Quién podría tener la balanza exacta de lo que es la estética?
El arte es una de las formas de producción del ser humano y el acto creativo la manifestación del contenido espiritual e intelectual para aprehender la realidad y recrearla.
La frase antes citada es una negación de la contradicción en la que incurre la cultura burguesa al no considerar arte aquella obra que no entre en los cánones estéticos preestablecidos por los dictámenes de lo que se conoce como “alta cultura”, peor aún si la obra tiene un contenido ideológico de izquierda tal como sucedió con la canción: “Patria tierra sagrada”, que en los últimos días los grandes medios de comunicación se empeñaron en identificarla como si fuera de Rafael Correa, olvidándose que la autoría es de Patricio Carpio y que fue escrita en 1987.
Lo que en realidad está detrás de esta afirmación es nada más ni nada menos la intención de privatizar la cultura, para ello se trata de desvalorizar las manifestaciones de la cultura popular minimizándolas a la categoría de un simple souvenir o de mero folklore y permitir la penetración de culturas ajenas (transculturación) como el Halloween o el día de Acción de gracias celebrados por los norteamericanos. En el caso del Ecuador, al ciudadano se le ha privado el acceso al arte, la cultura y la literatura, influenciada en su momento por los “conceptos estéticos” provenientes de Francia, Inglaterra, España y actualmente los EEUU. Históricamente, las élites políticas y económicas, sabedoras que el arte y la cultura de alguna manera determina e influye en los mecanismos del pensar de los pueblos, la han manejado fieles a los dictámenes de la propiedad privada, pues en su concepto el arte cuyo valor agregado es la originalidad, la autenticidad y su propensión a la universalidad vale tanto y en cuanto sea mercancía. Para ello, actualmente se crean fundaciones como la del Teatro Bolívar o la del Teatro Sucre auspiciados por el Municipio de Quito y dirigidas por Julio Bueno o los hermanos Mora..
Recientemente uno de los poemas mas relevantes de la cultura popular ecuatoriana: “Boletín y elegía de la mitas”, escrito por el poeta quiteño César Dávila Andrade en el que se revela la explotación, el sometimiento de la iglesia por la cruz y la espada, la violación a las mujeres indígenas por parte de los terratenientes, la realidad lacerante del mundo andino, es mostrado justamente en uno de los monumentos de la cultura burguesa que es el Teatro Sucre al cual solo pueden asistir señores vestidos de frac negro y señoras de abrigo, vestido largo y tacones, mas no la clase popular, los indígenas, los campesinos, sobre quienes Dávila escribe.
Es de prever que la Asamblea Nacional Constituyente a realizarse en Montecristi, de una buena vez en la Historia del Ecuador diseñe políticas culturales que logren desprivatizar la cultura, que permita que los espacios públicos, las calles, los partes, las plazas y los malecones sean el lugar a donde converjan músicos, juglares, pintores, titiriteros, teatreros, danceros, etc, que se promueva un verdadero proceso de democratización de la cultura convirtiéndola, como sería de desear que sea parte de la canasta básica de los ecuatorianos.
El reto de los artistas populares por su parte es tomarse el espacio público y echar abajo conceptos, cánones y definiciones de la cultura burguesa. El cometido es hacer un arte nacionalista, progresista y revolucionario que trasciende las fronteras y que grite al mundo lo que acontece en Latinoamérica.
José Villarroel Yanchapaxi

¿Espacio público o ciudad turística?


Históricamente, muchas ciudades latinoamericanas impusieron desde el poder político y económico criterios estereotipados de segregación espacial, mediante la cual restringieron el acceso del ciudadano a ciertos lugares al considerar que por su origen étnico, o su clase social, no estaban capacitados para ocupar ciertas áreas de la urbe. Aquello se ha vuelto a reactualizar con los supuestos eficaces programas de cultura ciudadana, las políticas de promoción de ciudades como Guayaquil o la recuperación del Centro Histórico de Quito.
La ciudades latinoamericanas son una especie de embrollo entre la modernidad y la postmodernidad a las que han accedido a medias, son ciudades que se inventan y reinventan a partir del espacio público, que, en mi apreciación, es ese espacio vacío que emplaza o espera frecuentemente a ser colmado con la participación del ciudadano, sea para luchar por sus reivindicaciones sociales, para expresarlas o para aliviar las tensiones de la vida cotidiana; pero también y sobre todo es el lugar del reconocimiento, de la adscripción o acercamiento al Otro, de la creación de sentidos identitarios y donde se recrea simbólicamente la realidad.
En el caso de la capital ecuatoriana, es de notar que existe un muro imaginario entre los pobladores del Norte y los del Sur, lo cual ha provocado una rivalidad soterrada en las formas de percibir la ciudad. El casco colonial, en el imaginario urbano, es considerado como una entidad en sí misma, un referente simbólico de la quiteñidad, más no del sentido de pertenencia.
La tendencia actual arquitectónica y urbanística considera a la ciudad como una empresa. El discurso de la globalización y la descentralización abocó a la redefinición del papel del Estado frente a la ciudadanía, asì como de los conceptos de la ciudad misma y el espacio público. El Estado parece estar relegado a segundo plano, tomando fuerza el rol de las municipalidades y los poderes locales, a la vez que se hacen cada vez mas evidentes la violencia y las contradicciones sociales entre quienes tienen interés por preservar el ambiente histórico y los que buscan convertirlo en un sitio comercial. Desde el ciudadano común, la defensa del espacio público se torna en una más de sus reivindicaciones sociales.Las ciudades turísticas como las europeas, privilegian las relaciones de paso, en ese contexto la interacción no es más que la afirmación de la individualidad y el anonimato de las sociedades industrializadas y desarrolladas, los actores conviven o perviven en tanto consuman el copyright de Macdonalds, Coca-Cola, Pizza Hut y hoteles de cinco estrellas. En la ciudad turística, el espacio público está privatizado, el colectivo está desdibujado, deleznable y apático. El turista ya no se reconoce porque su mirada està coptada por el museo o el monumento, por el destino turístico que consta en la travel guide o por lo que “recomiendan ver” las agencias de viaje. Paradójicamente, la ciudad turística es deshabitada porque el ciudadano que reside, vive o trabaja en la ciudad turística es visto por el extranjero como exiliado en su propia ciudad, un visitante más.
Las políticas culturales de la ciudad turística va encaminada a privatizar el espacio público, tal como a corto plazo sucederá con el Centro Histórico de Quito, esa zona será la ciudad que se mostrará al turista o a los mismos connacionales, en una especie de “pague por ver” como en el TV Cable, en contraste esa “otra ciudad”, la que carece de servicios básicos, no será mostrada porque aquello significaría develar que el llamado reordenamiento urbano no ha sido tan exitoso como pregona el alcalde Paco Moncayo en costosos spots publicitarios en la televisión.
Es de prever que el ciudadano común solo podrá entrar a la Catedral, la Compañía o San Agustín en horas del oficio religioso, de lo contrario deberá pagar un boleto para ver las magistrales obras de los artistas quiteños, convirtiendo así a los templos en un negocio de anticuario más, o tendrá que contentarse con ver detrás de las vidrieras còmo los turistas toman café en los café-nets o las galerías de arte porque los precios serán prohibitivos. Nada raro sería que reubiquen a los jubilados de la Plaza de la Independencia o a los mendigos porque afearían el paisaje.
Karl Marx advertía que solo mirando la génesis del fetichismo de la mercancía se permitirá descubrir los sistemas sociales económicos y culturales, el poder, las jerarquías, los juegos de intereses que intervinieron para producirla ya que ésta, en tanto producto terminado, no permite apreciar còmo fue fabricada.
Queda flotando en el ambiente una pregunta: ¿Cuáles son los grupos de poder económico y empresarial, las
José Villarroel Yanchapaxi

Quitocinema


Por no sé que extraña sensación de recordar tiempo idos y no volvidos, una de esas tardes en que suele agarrarme la manía de nostalgiar, enfilé mochila al hombro por las calles de centro histórico. Afuera los negros nubarrones de Octubre ocultaban el azulino cielo quiteño anunciado el cordonazo de San Francisco.
Recordé a mi madre diciendo a sus cinco críos: “Alístense que nos vamos al cine”. Para quienes vivíamos en provincia allá por los años 80, asistir a una función de cine era una inquietante aventura.
Salíamos a media mañana con rumbo a la cuna de los Shirys, armados de cucayo (preparado de antemano en la víspera) para el viaje. Subíamos al Pullman de la Cooperativa de Transportes Nacional Saquisili que cansado y distraído, arrastrando sus hierros viejos, avanzaba en traqueteo por la maltrecha y polvorosa carretera, tardándose en llegar lo menos tres horas y media. Por entonces no había terminal terrestre, ni trolebús, ni nada parecido. La estación de buses interprovinciales era en la Avenida 24 de mayo, frente a la casona donde Radio Cosmopolita emitía sus ondas hertzianas..
De ahí no más en luntsa, tomábamos agüita de canela donde las caseritas para reponer fuerzas e íbamos a hacer tiempo sentados en el graderío de la Capilla del Robo hasta que sea hora de entrar en Teatro Puerta del Sol que quedaba como quien va a San Roque, al lado de la antigua Compañía de cervezas nacionales envasadora de Malta y Orangine.
Otras veces nos encaminábamos a la Plaza de la Independencia a comer espumilla y chupar cholados antes de asistir al Cine Atahualpa de la calle Venezuela, al Pichincha cerca de los correos nacionales, al teatro Bolívar, al Alhambra o al Capitol de la Alameda que ofrecían cine continuo, en programaciones: matiné, gancho: dos niños por un solo boleto, especial y noche, y a un sucre la entrada.
La cartelera era variada para todos lo gustos, colores y sabores. Mi madre solía escoger películas de historia bíblica como Ben Hur, Espartaco, Cleopatra, etc, dobladas con films de chullitas y bandidos como se conocían a los westerns norteamericanos, karate y Kun Fu con Bruce Lee como actor principal, Santo el enmascarado de plata.Ya más crecidito, cuando las hormonas empiezan a estrenar el carnaval de la vida en la piel, cumpliditos 18 años con cédula en mano, solía asistir al Cine Variedades de la Plaza del Teatro en cuyas paredes se podía divisar réplicas del pintor italiano Boticelli para deleitarme con las películas de la comedia y picaresca francesa e italiana. De esa época data mi amor por Sophia Loren y Briguite Bardott, y por eso más de una vez me quedé a ver dos funciones seguidas, encaramado en la galería puesto que la luneta era prohibitiva para mi escuálido bolsillo.
Andando el tiempo, instalado ya en la Capital como estudiante universitario allá por los inicios de los años 90, inquietado por los panas del Barrio la Floresta, religiosamente las tardes de domingo, luego del consabido partido de fútbol, entrábamos temerosos y raudos al cine Hollywood, al Granada y al América para ver películas censura 21 años. En esos cines vi no se cuantas veces “Nueve semanas y media”, “Las edades de Lulú” de Bigas Luna, “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci y la saga de “Emanuelle”.
Por entonces Quito seguía siendo la capital de paz sanfranciscana, los músicos, los teatreros, los juglares y los poetas populares llenaban de arte y algarabía las plazas y los parques; los jóvenes enamorados todavía estilaban declaraban su amor a su adorado tormento que, si aceptaba una salida al cine era presagio de buen augurio. Luego de una buena película romántica, el consabido cafecito en el Café Niza o de tomar un helado de cono en la cafetería Modelo de la calle Sucre, seguramente te daría el si
Los ratos libres de mi vida de estudiante de Psicología Clínica, solía ir a ver trillers y películas de contenido psicológico como: “Asesinos por naturaleza” de Oliver Stone, “Nacido para matar” de Stanley Kubrick, “Taxi Driver” de Martín Scorsese, “El silencio de los inocentes” con Jodie Foster y Anthony Hopkins, y toda la producción de Pedro Almodóvar.
También con los compañeros de clase íbamos a los ciclos y festivales de cine que aun sigue organizando el Presidente de la Cinemateca Nacional Ulises Estrella en la Aula Benjamín Carrión de la Casa de la Cultura, además de a las salas del British Council o de la Alianza Francesa.
Después se vino el boom de los centros comerciales, de los mall y la instalación del Cine Max y los Multicines, privándonos a los cinéfilos de ese ritual que era programar una salida al cine con los guambras del barrio, el anonimato y el disfrute de la soledad pública sentado en la oscuridad de una butaca para luego, a la salida, encender un cigarrillo e irse por la vereda comentando para sus adentros sobre la tragicomedia de la vida.Es posible que hoy prefiera la imagen a la palabra. Prefiero un buen libro a esas películas made in hollywood plagadas de violencia. Confieso que he dejado de ir al cine, (aunque no me pierdo el estreno de una película de producción ecuatoriana) sobretodo con la irrupción del video en formato DVD, el pirateo de los films que se puede adquirir a un dólar, el cine en casa, además porque hoy Quito es una ciudad insegura y porque ir al cine resulta oneroso.
Por no sé que extraña sensación de recordar tiempo idos y no volvidos, una de esas tardes en que suele agarrarme la manía de nostalgiar, enfilé mochila al hombro por las calles de centro histórico para ver las desaparecidas salas de cine convertidas en Salones del Reino por los Testigos de Jehová y que el Fondo de Salvamento del Municipio de Quito no ha querido preservar.
Afuera, desaparecían los negros nubarrones de Octubre, el azulino cielo quiteño volvía a brillar y los niños hacían muñecos con el granizo que San Francisco había desperdigado en la calzada.
José Villarroel Yanchapaxi

Afroecuatorianos en el mundial



Hace tiempo atrás, una frase se acuñó en el imaginario de los hinchas de la selección ecuatoriana de fútbol: “Jugamos como nunca, y perdimos como siempre”. Quienes tenemos más de tres décadas a cuestas, asistíamos a los partidos del combinado nacional en la Copa América o las eliminatorias mundialistas, con la esperanza de que no nos golearan o que al menos se hiciera una honrosa presentación.
Varios factores conspiraban para aquello: falta de políticas estatales, dirigentes deportivos regionalistas que nunca se ocuparon de la formación de las divisiones menores y que estaban preocupados de hacer de la dirigencia deportiva un trampolín para saltar a la palestra política, una prensa deportiva también regionalista e improvisada, un país racista, con complejo de inferioridad y baja autoestima.
Con la clasificación de la selección ecuatoriana por dos veces consecutivas a los campeonatos mundiales de fútbol Corea-Japón 2002, y el paso por primera vez a octavos de final en Alemania 2006, el Ecuador se ha puesto en la mira de la opinión mundial, pero aquello no debe hacernos olvidar que el 95 % de los jugadores son afroecuatorianos que provienen de las regiones más pobres del país: Esmeraldas (Edwin Tenorio, Iván Hurtado, Carlos Tenorio, Neicer Reasco, Segundo Castillo, Félix Borja), el valle del Chota (Agustín Delgado, Ulises de la Cruz, Geovany Espinoza, Edison Méndez), Sucumbíos (Antonio Valencia).
¿Cómo es que un pueblo marginado como el afroecuatoriano, sin acceso a los servicios básicos; desatendido por todos los gobiernos en materia de salud y educación ha logrado mejorar la imagen del Ecuador a diferencia de los políticos, los banqueros y diplomáticos ineficaces y corruptos?
Hace 165 años, el 25 de Julio de 1851 el General José María Urbina decretó la manumisión de los esclavos negros en el Ecuador. A partir de ello, poco o nada ha hecho la legislación ecuatoriana porque los negros sean considerados Sujetos de derecho, más bien han sido invisibilizados sistemáticamente mediante prejuicios raciales calificándolos de vagos y delincuentes, sin revalorizar las ricas manifestaciones de la cultura afroecuatoriana presente en su arte culinario, en la marimba esmeraldeña, en la bomba del Chota, en poetas y escritores como Nelson Estupiñán Bass, etc.
Uno de los responsables de esa premeditada invisibilización son los grandes medios de comunicación que tratan de introyectar en el imaginario de los ciudadanos ecuatorianos el símbólo del “el tricolor ecuatoriano”, para ocultar nuestras contradicciones sociales y la inequitativa distribución de la riqueza; y se empeñan en hacer una especie de “blanqueamiento mediático” (varios periodistas hablaron en su momento de “blanquear la selección”), basta leer los titulares: “Gracias Tricolor” del diario El Comercio, o “Ecuador: un tractor amarillo”, del periódico Hoy.
Los spots publicitarios no muestran elementos de la negritud, reporteros y cámaras de televisión (voraces cultores del rating) sin desparpajo alguno entran a los humildes hogares de los familiares de los integrantes del equipo de fútbol para mostrar morbosamente las imágenes de la pobreza y el abandono en que viven.
Alemania 2006 será recordado como un mundial demasiado técnico, con un juego demasiado apegado a la europea (aquello me ha hecho recordar que muchos de los escritores latinoamericanos pensaban que para ser escritores tenían que escribir como europeos o al menos irse a vivir en París), el combinado nacional ha sido uno de los poquísimos equipos participantes que a más de evidenciar orden, apego a la estrategia, ha vuelto a rescatar la gambeta, el dribling, el jogo bonito, características del fútbol sudamericano que de un tiempo a esta parte habían sido dejadas de lado por privilegiar el resultado esperado por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) que, junto con las grandes transnacionales de medicamentos, bebidas, ropa e implementos deportivos, etc, se han ingeniado la forma para que los países denominados grandes (Italia, Francia, Brasil, Alemania, Argentina) no se eliminen entre sí en la primera fase.
¿Qué representa para los negros y los ecuatorianos en general un buen resultado en la Copa del mundo? La ocasión para exigir que el estado ecuatoriano incluya a los negros tradicionalmente excluidos dentro de todos los ámbitos de la vida nacional, la posibilidad de romper con ciertos prejuicios sociales incluso de ciertos académicos: “los negros son incapaces de organizarse por su carácter indisciplinado”.
Los goles de sus delanteros nos han dado una lección de unidad, de trabajo en equipo, de esfuerzo, de ganas de superación; algo que los demás ecuatorianos, reconociendo nuestra diversidad cultural, deberíamos imitar para llevar a cabo un proyecto de país que eleve la calidad de vida de todos los ciudadanos, sin olvidar tampoco que sea cual sea el resultado de nuestra participación en Alemania 2006 se deberán aclarar lo sucedido en le Federación Ecuatoriana de Fútbol en el bullado caso de coyoterismo.
Que estos triunfos sirvan para que esa frase: “Jugamos como nunca y perdimos como siempre” quede definitivamente enterrada en el pasado. Para reafirmar nuestra identidad tal como los miles de inmigrantes que alentaron a los futbolistas en todos los estadios alemanes.
José Villarroel Yanchapaxi

El racismo: ¿Leyenda o mito en el Ecuador?

Hace más o menos 15 años, los esposos Piedad y Alfredo Costales publicaron un libro titulado: “Los Señores Naturales de la Tierra”. Esta obra, en su mayoría, de carácter genealógico, pretendía mostrar la presencia de la familia real incásica en las familias de estratos medio y alto del Ecuador. En respuesta, numerosas familias de alta alcurnia, abolengo y apellidos ilustres, mostraron sus árboles genealógicos afirmando que por sus venas corría sangre azul, que sus ancestros eran españoles puros a quienes nunca se les hubiera ocurrido manchar su nobleza con sangre india.
En días pasados, asistí a la llamada “Marcha del empleo” a favor de la firma del Tratado de Libre Comercio con los EEUU auspiciada por las Cámaras de Comercio y de industriales de Pichincha en el Norte de Quito en plena la Avenida de los Shyris. Me llamó la atención escuchar frases como: “No hemos de dejar que estos indios de mier… invadan Quito”. ¿Qué corona tienen estos roscas para parar la producción? ¡Qué se vayan esos longos verdugos a sus comunas!, mientras, Felipe Vega, Ministro de Gobierno ordenaba a la policía impedir que grupos de indígenas de Pastaza, Chimborazo, Cotopaxi e Imbabura llegasen a Quito. Piquetes de uniformados armados hasta más no poder registraban buses y camiones, pedían la cédula de ciudadanía, y si por desgracia resultaba que alguien tenían un apellido indígena era vejado, vituperiado y calificado de indio hijue…y obligado a regresar a sus comunas aunque sea a pata.
Manuel Chiriboga, Jefe del equipo de negociadores del TLC, el analista económico Pablo Lucio Paredes, Eduardo Maruri, Presidente de las Cámara de Comercio de Guayaquil, entre otros “padres de la patria”, en la tribuna de Teleamazonas , conducida por Jorge Ortiz, tildaron despectivamente a los indígenas de opositores irracionales e ignorantes. En sus declaraciones se develaba lo que aún pervive de forma reprimida en el inconsciente colectivo de todos los ecuatorianos: la intolerancia, la discriminación, la segregación, la intransigencia, en definitiva, el racismo.
El racismo en nuestro país no es un mito, se lo puede advertir en la vida cotidiana, en los ámbitos laborales, en el tratamiento a la noticia que dan ciertos medios de comunicación, etc. Sus causas van desde quienes aún creen en la superioridad y pureza de la raza blanca, pasando por el fundamentalismo religioso, factores socioeconómicos (inequitativa distribución de la riqueza), factores psicosociales, etc.Actualmente la población del Ecuador es de 12 millones de habitantes. Según el último censo de 1999 se compone de un 58% de mestizos, 25% de indígenas, 10 % de negros y un 7 % de blancos. Las encuestas del diario el Universo arrojan que un 58% no esta de acuerdo con la firma.
Quizá la intolerancia y a la segregación racial por parte de las élites ecuatorianas, esté ligada por un lado a la no aceptación de la innegable presencia del componente indígena en nuestra cultura nacional a saber: El indio Chusig (más conocido como Eugenio Espejo), Caspicara, tallador de la Virgen de Quito, Andrés Chiliquinga, protagonista de Huasipungo (traducida a centenas de idiomas) escrita por el propulso del indigenismo, Jorge Icaza, Jesús Fichamba un cantante otavaleño finalista de la OTI, el pintor Oswaldo Guayasamín, por mencionar algunos; y por otro lado, la pretensión de ciertos blanquillos de considerarse los únicos elegidos y ungidos para conducir los destinos del país.
José Carlos Mariategui anota: “La literatura india, creada por los propios indios, aun lo estamos esperando con ansias” en tanto Agustín Cueva en su libro “Entre la ira y la esperanza” apunta: “La cultura de este país no es firmemente mestiza en cuanto no ha logrado un verdadero y sólido sincretismo, capaz de definirla como entidad original y robusta”.
Han transcurrido 500 y tantos años de la conquista española, otros tantos de la emancipación. ¿Se puede hablar de una identidad mestiza en ele Ecuador?
Si hay un saldo positivo de las movilizaciones indígenas es que lograron poner sobre el tapete tema trscendentales, destinados únicamente para expertos y entendidos y transformarlo en un debate nacional que nos compete a todos. Creando una conciencia de que no es “Allá entre blancos” y que entre otras cosas implica nuestra seguridad alimentaria. Se logró visibilizar que el racismo está presente en la toma de decisiones de las altas esferas gubernamentales, que la firma del TLC no es como se ha tratado de hacerlo aparecer como un acuerdo eminentemente comercial sino que va a determinar e incidir en todos los ámbitos del tejido social, que no es posible negociar con el colonizador so pena de feriar una cultura que se resiste ante los depredadores de la globalización, que una cosa es la propaganda y otra la verdadera información ( esto es que en democracia se consulte al pueblo) y que sea el soberano quien decida que derrotero seguir.
Se le acusa a la dirigencia indígena de no haber logrado 1 millón de firmas para llevar ante un desprestigiado congreso Nacional para que llame a la consulta popular. ¿Dónde están el millón de firmas que apoyan el TLC?
Queda flotando una pregunta.¿Como construir un estado-nación desde la intolerancia, desde la no aceptación del Otro en su diversidad?
¿Cómo construir un estado-nación desde el supuesto que existen iluminados e lustrados ante un puñado de indios considerados como una minoría?
Vuelvo a escribir en las paredes un graffiti de los años 90
¡Amo lo que tengo de indio!
José Villarroel Yanchapaxi

El vestido: engrama del pudor



El objetivo básico del vestido es diferenciar entre hombres y mujeres. Probablemente el primer vestuario ultilitario fue fruto de la improvisación, hombres y mujeres expuestos a climas extremos se amarraban al cuerpo pieles de animales o se ataban hojas anchas para protegerse del frío o de la lluvia.
La función social del vestido es ocultar el cuerpo pues, permite exhibir el cuerpo adornado en público mientras que la desnudez, en estado natural es atinente a la intimidad. El Psicólogo J.C. Flügel, considera que “nuestra actitud hacia la ropa es ambivalente, intentamos satisfacer dos tendencias contradictorias: el pudor y el deseo de ser objeto de atracción”.
Según el diccionario de la Academia Real de la lengua española, el pudor se define como honestidad, modestia y recato. El cristianismo sostuvo una oposición rigurosa entre cuerpo y alma, una de las formas de no caer en el pecado de la carne, de la impudicia, del morbo, fue ocultar el cuerpo, pero algunos sociólogos creen que el ocultamiento deliberado de ciertas partes del cuerpo se originó no como una forma de reprimir el interés sexual sino como un mecanismo para despertarlo, pues la ropa incita a la imaginación ya que el cuerpo humano desvestido no es por lo general muy excitante como pronto descubren los que acuden a un campo nudista.
Los adornos, aretes, collares, brazaletes, etc fungen como estimulantes visuales, toda indumentaria, aun la mas formal puede contener signos eróticos. En las tribus primitivas, los ritos de pasaje a la vida adulta de los adolescentes estaba marcada por la entrega de nuevas ropas y ornamentos, esta costumbre aun se puede observar en la fiesta rosada o de las “debutantes” muy popular en el Ecuador, donde la quinceañera deja de ser niña y pasa a ser mujer; como símbolo, calza zapatos de tacón alto, un elegante vestido cosido a la medida. Aquello indica que oficialmente esta habilitada para el intercambio exogámico.
El pudor es en cierto modo comparable con la fobia, pues sirve para proteger al Sujeto de la ansiedad que sobreviene si debe enfrentar una situación (psicológicamente) peligrosa, también ayuda a ocultar defectos físicos o puede develar estados psicopatológicos como la depresión que en estados mas profundos hace caer en la poriomanía, lo cual se devela en su apariencia descuidada, viste ropas raídas como las de un mendigo.
El vestido es un lenguaje en sí mismo, sus códigos nos permiten identificar la ideología, la pertenencia étnica y social o a que institución pertenece una persona, tal como sucede con el hábito que usan las monjas o el uniforme de los militares. Alison Lurie en su libro “El lenguaje de la moda” afirma que “llevar uniforme es renunciar a nuestra libertad de expresión pues obliga a repetir un diálogo escrito por otro, en el caso más extremo nos convertimos en parte de una masa de personas idénticas gritando al mismo tiempo todas las mismas palabras”.
Sea como sea, hay una articulación del vestido con la moda al tratar de satisfacer tres necesidades del ser humano: decoración, pudor y protección. Se dice que la moda no incomoda, pues se ha llegado a creer que ésta es una diosa misteriosa, cuyos decretos debemos obedecer más que comprender. La causa última de la moda es la competencia de orden social y sexual, imitar lo que envidiamos o admiramos y de eso precisamente se sirven las grandes empresas trasnacionales de la moda para separar a los seres humanos con signos de rango, riqueza, dominio y poder.
José Villarroel Yanchapaxi

El complejo de patrón



“Hay que aprovechar siquiera en tiempo de elecciones cuando los de billete vienen a visitarnos”. “El es millonario, no tiene para qué robar”. “Que robe pero que haga obra”, declaraba en un canal de televisión un habitante del suburbio de Guayaquil que lucía una camiseta de Alvaro Noboa candidato del PRIAN.
Recordé a Jorge Icaza y su libro Huasipungo, en el que el gran escritor ecuatoriano describe como el hacendado Alfonso Pereira, dueño de la hacienda de Cuchitambo, repartía los socorritos: “Los socorros, era una ayuda anual (una fanega de maíz o de cebada) que, con el huasipungo prestado, los diez centavos de la raya (diario nominal en dinero) -dinero que nunca olieron los indios, porque servía para abonar, sin amortización posible, la deuda heredada por los suplidos para las fiestas de los Santos y las Vírgenes de taita curita que llevaron los huasipungueros muertos- constituían la paga que el patrón daba al indio por su trabajo”, y me pregunté: ¿Será que los ecuatorianos somos ingenuos electores con buenas intenciones condenados por siempre a elegir entre la civilización y la barbarie, entre la ignorancia y la mediocridad, entre lo pésimo y lo menos malo?
En mi apreciación la raíz de este comportamiento social estaría en nuestra incultura política, en nuestra frágil memoria colectiva que con nuestra apatía deja vía libre al clientelismo electoral y a la corrupción, y en lo que he dado en llamar: el complejo de patrón.
Patrón, según el diccionario académico de la lengua española, es el patrono, el dueño de casa donde uno se aloja, es el amo, el señor. Psicoanalíticamente hablando, el complejo de patrón es un retorno a lo reprimido de un de un Yo fracturado carente de identidad, que se debate entre la negación, la resignación, el conformismo y el arribismo. Basta detenerse a observar en como nos comportamos a la hora de tomar decisiones trascendentales como es votar para los cargos de elección popular y en las formas de relación entre la autoridad, la institucionalidad, el servicio público, etc, con el ciudadano de a pie.
En el Ecuador, éste complejo esta presente en todas las clases sociales, pues todos, (fieles a la ley del menor esfuerzo) aspiran algún día en ser parte del poder y convertirse en mandamás, aunque solo sea como comisario municipal, teniente político o chapa de esquina.
“Para ser político hay que ser sabido, hay que ser sapo”, es una expresión ecuatoriana muy común. En el imaginario social se presupone que la ecuación entre política y corrupción es la mejor forma y la mas fácil de salir de la pobreza, cuyo resultado será ser reconocido y ascender en la escala social.
En las altas esferas del poder político, el complejo de patrón sale a flote, por eso de que en la guerra como en la política todo es válido y más si se trata de repartirse la troncha, según afirman la mayoría de políticos ecuatorianos. Todo se vale: el camisetazo, la trinca, la componenda, el pacto de la regalada gana para negociar golpes de estado democráticos, las aplanadoras congresiles, las mayorías móviles y los diputados de alquiler para aprobar leyes que beneficien a políticos, banqueros y empresarios del círculo íntimo, y controlar los poderes del estado y los organismos de control. Para ello, ciertos partidos políticos en el Ecuador han gestado maquinarias electorales, encuestadoras y empresas de sondeos de opinión que, orquestados por los grandes medios de comunicación crean en el imaginario social: Mesías benefactores, salvadores asistencialistas y pseudopopulistas de extrema derecha.
Hace poco años atrás, la iglesia direccionaba desde el púlpito a los electores instándolos a que votasen por los autodenominados partidos cristianos. Los candidatos iban a las comunidades rurales a comprar literalmente la votación mediante fundas de arroz, azúcar, avena, gorras y camisetas. Hoy los candidatos siguen utilizando esta vieja práctica que no deja de ser menos efectiva, repartiendo a diestra y siniestra: comestibles, electrodomésticos, computadoras y dinero en efectivo, a fin de capturar la voluntad de los electores, dejando de lado la presentación de un plan de gobierno y el debate, y privilegiando la chequera.
Nuestra respuesta frente al complejo de patrón y a la incultura política es involucrarnos activamente en la vida política nacional. Considerar a la política como la ética revolucionaria de servir al Otro y no de servirse de ella para fines individuales. Quizá, solo así dejaremos de pedir socorritos y de tener que elegir siempre al mal menor.
José Villarroel Yanchapaxi